En años de infancia solo buscamos la aventura, la diversión, lo emocionante que es subir a una resbaladilla o escalar un árbol, pero a manera de que avanza la vida y la edad, lo que se busca va cambiando, en el proceso de crecer vamos conociendo el miedo y ese, vaya ese pelaooo nos llega a paralizar, es el verdadero monstruo dentro del armario.
Al crecer le pensamos dos veces antes de subirnos a un árbol, montarnos en la velocidad o siquiera pensar en lanzarnos en paracaídas.
Pero la vida te proporciona dos lecciones, una es que cada segundo que pasa no se puede devolver y que los monstruos existen solo en la imaginación, que es válido sentir miedo, pero lo que no se vale es dejarse amarrar, no se vale autosecuestrarse amarrándote en una silla.
La segunda es que enfrentrse a cada miedo, de cara... nos hace, casi, obligadamente, ganadores, porque logramos imponer una valentía que nos proporciona más y más satisfacciones.
Las búsquedas nos permiten conocer, encontrar retos, afrontarlos y lo mejor, dominarlos. En ese camino, en todas esas excursiones al interior de mi persona o al exterior, en el mundo diario, encontré un arma, descubrí que a través de un lente podría encontrar esas historias reales que hacen de nuestra cotidianidad, algo extraordinario.
La fotografía ha sido mi mejor buscador, cada vez que siento conexión con una imagen, trato, desesperadamente, de captarla y de capturarla, paisajes, personas, detalles, gotas de agua, todo lo que me produzca una sonrisa o por lo menos una emoción de esas que erizan la piel.
Las búsquedas nos llevan a muchos lugares en el mundo exterior, pero nos llevan a un espacio interior que no podría mostrarse si no pudieramos capturar esa sensación en una foto.
Mar
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